Durante varios días, más de 1,200 niños, niñas y jóvenes provenientes de todas las provincias del país compartieron ensayos, talleres, aprendizajes y momentos inolvidables que culminaron en un gran concierto nacional.
Tuve el honor de participar como parte del staff de las chaperonas comprometidas con el bienestar de los estudiantes, acompañando el trabajo que existe detrás de cada presentación: directores, profesores, personal técnico, voluntarios, familias y colaboradores que trabajan con pasión para que cada joven pueda desarrollar su talento.
Mi agradecimiento al Ministerio de Cultura, a la Red de Orquestas y Coros Infantiles y Juveniles de Panamá, al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y a la Ciudad de las Artes por impulsar espacios que utilizan la música como herramienta de formación, inclusión y transformación social.También fue inspirador compartir con la delegación de la Escuela Nacional de Música de El Salvador y con representantes internacionales que enriquecieron esta experiencia de intercambio cultural.
Al final, más allá de las partituras y los escenarios, lo que permanece son los valores aprendidos: disciplina, trabajo en equipo, empatía, perseverancia y amor por el arte.
Hoy me llevo el corazón lleno de gratitud por haber sido parte de una misión que realmente hace honor a su nombre: miles de corazones latiendo al mismo ritmo por la música, la educación y el futuro de nuestros jóvenes.

